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Erreferentzia: 18909
Data: 1937-09-07
Dokumentu mota: Prentsa
Euskarri mota: Artxibo digitala
Hizkuntza: Gaztelania
Iturria: Ion Urrestarazu Parada
Ezaugarriak: ""¡NOS HAN ENGAÑADO!". Lo que cuentan los mil quinientos guipuzcoanos repatriados. "Un hombre previsor"" / Unidad, 8. or.
Oharrak: Argazkia. "Anteanoche llegaron a Pasajes, en el "Galea", mil quinientos guipuzcoanos, de los arrastrados por los "rojos" en su huída ante nuestro Ejército triunfador. Mujeres, ancianos y niños en su mayoría, los de esta primera expedición, miserable manada humana, desharrapada y mugrienta, ayer los vimos en el Frontón Municipal, habilitado para refugio provisional, en espera de que se vayan repartiendo en sus antiguos domicilios, o en casas de sus familiares. En la cancha cubierta se han instalado colchones y camas para aquellos que vienen mareados, agotados por el cansancio del viaje y, sobre todo, por las penalidades sufridas anteriormente. Muchas mujeres se habían desmayado en el barco y ahora yacen inmóviles rendidas a un sueño macizo, brutal, hecho de abandono y fatiga. En el solar que rodea la cancha descubierta, contigua al Hospital del General Mola, se extienda la larga fila de repatriados, que guardan turno para ir saliendo, después de controlados sus nombres y domicilios. Algunos de ellos ya no volverán, pero muchos regresarán más tarde, para acogerse aún a la hospitalidad que les es ofrecida. Sólo quieren gozar unos instantes de su libertad, de la verdadera libertad que perdieron al alejarse de nosotros --prisioneros de la mentira y del hambre-- y que ahora, en la España de Franco, recuperan. LAS MUCHACHAS DE AUXILIO SOCIAL Como siempre, cuando se trata de trabajar, de recorrer, de sacrificarse, de dar el ejemplo más alto de patriotismo y de entusiasmo, las camaradas del Auxilio Social están ahí. Hasta las cuadro de la madrugada del domingo, y desde la llegada del barco han trabajado sin parar, sirviendo cenas y atendiendo a los repatriados. Y a las ocho de la mañana estaban de nuevo en su puesto, preparando ya los desayunos. Han traído ropa para los niños más pequeños y preparan lotes por edades, para vestir a los demás, que vienen en número de doscientos. Y la Delegada local ya extiende por encima de toda aquella gente una mirada pensativa: --Tendremos que abrir enseguida un nuevo comedor... ¡NOS HAN ENGAÑADO! Esta es la exclamación más frecuente entre los repatriados--y corresponde a una realidad mucho más honda todavía de lo que ellos mismos creen al decírselo. --No se pueden ustedes imaginar las cosas que contaban esos malditos. Que si mataban a todo el mundo, que si martirizaban a la gente, que si prendían fuego a las casas... --A mí --interrumpe un chiquillo que estaba escuchando--me dijeron que colgaban a los niños de los árboles. --Y que en la España Nacional les marcaban a todos una cruz en la frente, con un hierro--agrega una mujer. En cinco minutos escuchamos veinte barbaridades de este estilo... Pero lo que más han explotado los propagandistas rojos ha sido el terror a los moros, nuestros valientes y leales amigos, que presentaban como una horda de salvajes sin freno. La sola idea de verlos inspiraba verdadero pánico. --¿Ahora os habréis convencido de vuestro error?--preguntamos. --¡Ya lo creo!--contesta una muchacha--. FIgúrese que en Santander nos estuvieron dando de comer cuatro moros y nosotros no sabíamos que lo eran. Cuando nos enteramos, al acabar, nos quedamos como tontos, de asombro. Ellos se rieron muchísimo... --Y de los falangistas ¿qué opináis al vernos de cerca?--interroga una camarada, sudorosa y sucia de trabajo, con los ojos de sueño por la noche pasada casi en vela--. ¿Somos tan malos como os decían los rojos? Pero una mujer la ha interrumpido vivamente: --¡Calle usted, señorita!... Ahora ya no tienen que decirnos nada. Nos han dado la prueba mejor... LOS QUE NO TIENEN CULPA En un rincón una muchachita muy joven, casi niña, descalzos los pies y con una larga melena rubia, amamanta a una criatura de poco tiempo. --¿Dónde quedó el padre? --¿El padre?... No sé Antes era obrero en una fábrica de Rentería. Pero no sé cómo se llama. Gran parte de estas muchachas que siguieron el éxodo rojo-separatista y han viviendo el ambiente bestial del instinto desencadenado, sin medida, sin conciencia y sin freno, vuelven con el peso, dulce para otras mujeres y para ellas terrible, de una maternidad realizada o en espera de realizarse. ¿Los padres?... ¡Quién sabe dónde están!... ¡quién sabe quiénes son!... Sólo vuelven ellas, las madres casi niñas, inconscientes con sus hijitos en los brazos. Pequeños seres trarados y enclenques, víctimas sin culpa... La nueva España sabrá cuidaros y haceros hombres y apartar de vosotros esa marca de dolor que habéis traído al mundo. BAUTIZOS Ocho bautizos se han celebrado ya entre esta expedición de repatriados. Fueron madrinas, la Excma. señora Marquesa de Rozalejo, esposa del gobernador civil--dama admirable, de mérito sólo comparable a su modestia, que había acudido desde primera hora para ayudar a las muchachas de Auxilio Social--la señorita Natividad Almarza, y las camaradas Maruja Benito, J[...] García Cazaña, María Rosa Cucuruy, Lola Ferrer, Georgette Eeichene y la Delegada local de Auxilio, donde prestan servicio todas ellas. Padrinos fueron los señores: Teniente coronel Garamendi--presidente de la Junta Económica en Guipúzcoa e interventor general del Ejército del Norte--; su secretario, don José Ramón de la Vega; teniente coronel Robles; Teófilo Serma, soldado del Parque de Automóviles de Atocha; Fidel Mendoza, portero de las Religiosas Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, Feliciano Larrión y Pablo Escudero, reclutas del último reemplazo. Esta sencilla relación nos dispensa de todo comentario. En nuestro Ejército, maravilla de disciplina y orden, las jerarquías saben borrarse cuando habla el corazón, y sus hombres, desde el más elevado al más humilde, fraternizan en un solo ideal de igualdad, de justicia y de amor. UN PADRINO CON VOCACION Pequeña digresión en la línea estricta del relato. Déjesenos hablar unos instantes de Pablo Escudero, uno de los padrinos de quienes acabamos de hacer mención. Diecinueve años. Natural de Burgos. Cabello rapado. Quinta del 39. Hospitalizado por una pequeña afección gripal, antes de entrar en el servicio, desde que llegaron los repatriados, se afana como un loco por ayudar. No ha parado en todo el día y ahora salta de gozo cuando aceptan su ofrecimiento de apadrinar a uno de los pequeños. --¿Te gustan los niños?--le preguntamos. --A mí, mucho... Como soy solo, con mi madre... Nunca he tenido hermanitos. Pero ya vamos todos camino de la iglesia. Las madrinas falangistas, con sus delantales azules sobre el uniforme, y un grupo de chiquillos detrás. Pablo marcha junto a su "comadre" Goergette Teichene--una de nuestras camaradas mejores--. Se le advierte nervioso, emocionado. --El niño se va a llamar Juan Pablo--nos explica repetidas veces. Pablo, por mí... En la iglesia, junto a las fuentes bautismales, el rostro del muchacho es un poema. Sonríe al pequeño, lo mira con una ternura infinita. Le llama "mi niño"... La carita del nene, nacido y criado a través de mil privaciones, está cubierta de costras; pero a Pablo le parece el más hermoso y el más listo. --Qué, ¿estás contento?--le preguntamos al salir. Y el padrino contesta, orgulloso: --Muy contento. Es mi primer ahijado... Además--añade dulcemente--estos, hay que hacer mucho por ellos, para que nunca vuelva a ocurrir lo de ahora. Después, cuando le decimos que va a venir su nombres en UNIDAD por haber apadrinado al chiquillo, su regocijo llega al colmo. Casi no nos quiere creer: --Si viene, mandaré un ejemplar a mi madre. Ya ves que era verdad. Nos honramos escribiendo tu nombre, Pablo Escudero, soldadito de Burgos. Y cuando escribas a tu madre, dile de nuestra parte que puede estar orgullosa de ti. HOMBRE PRECAVIDO Antes de salir a la calle, los repatriados pasan por un control, donde se toman sus nombres y sus señas. Luego los que tienen dinero lo declaran ante una Comisión de la Junta Económica, que dictamina. Los billetes de Banco que sacaron de aquí les son canjeados enseguida por otros de curso corriente. Otras series quedan sujetas a revisión y los de Euzkadi y Santander van a arar sin remisión posible a un cesto, rebajados a la triste condición de papeles inútiles. Esto ha proporcionado pingües ganancias a los rojos, que daban a los refugiados billetes santanderinos o bilbaínos a cambio de los que ellos llevaban, negociables --aunque fuese a muy bajo precio-- en el extranjero. Sólo aquellos que pudieron ocultar su dinero a la voracidad de los marxistas y han logrado volverlo a traer, reciben ahora su valor en moneda nuestra. Un hombre ha entregado mil y pico de pesetas en billetes, untados aún por la grasa en que los ha tenido escondidos durante todos estos meses, dentro de un bote. Sin embargo, los que ven desaparecer en el cesto fatídico aquellos papeles que hace unos días tenían aún el amable poder del dinero, no pueden ocultar a veces un gesto de tristeza. Y un repatriado, hombre sin duda, previsor, ha llegado a decir a los señores de la Junta Económica, encargados de la revisión: --Me hace el favor... ¿Podría usted dejarme esos billetes?... Si ganan los otros volverán a tener valor... LA SALIDA A la puerta del Frontón, una masa de gente espera la salida d elos repatriados. Los ojos, con frecuencia llorosos, avizoran el dintel donde aparecen las tristes siluetas, con los hatillos en la mano. Detrás de nosotros, una muchacha ahoga de repente un grito: --¡Jesús!... ¡Si es padre!... ¡Cómo viene, Dios santo, cómo viene!... Las lágrimas corren a raudales. El hombre, flaco y macilento, canoso ya, desfallece casi, entre los brazos de la hija. Pero un poco más allá una señora contempla a los que salen, con un gesto de profundo desprecio. --¡Anda!--dice. ¡Levanta ahora el puño!... Muy bien os trata, para lo que os merecéis. Detenida por los rojos estuve yo en Bilbao, y me tuvieron sin probar bocado treinta horas. ¡Demasiado buenos que somos para no hacer lo mismo! Y otra señora que había junto a ella la miró sonriente y terció: --La comprendo muy bien, señora... Ha debido usted de sufrir mucho. Yo también. Todos hemos sufrido mucho. Pero tenemos que aprender a resignarnos--y hasta a olvidar, sin que eso quiera decir que se deje de aplicar la justicia más severa y estricta a quien la merezca. Con el odio, aun con el más legítimo, no se construyo nunca nada. Y nosotros ¡Tenemos tanto que construir! Que aquellos que padecieron error vuelvan en paz a esta España nuestra. ELSA..."
Sortak: Unidad 1936-1940
 
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Ezaugarriak: ""¡NOS HAN ENGAÑADO!". Lo que cuentan los mil quinientos guipuzcoanos repatriados. "Un hombre previsor"" / Unidad, 8. or.
Oharrak: Argazkia. "Anteanoche llegaron a Pasajes, en el "Galea", mil quinientos guipuzcoanos, de los arrastrados por los "rojos" en su huída ante nuestro Ejército triunfador. Mujeres, ancianos y niños en su mayoría, los de esta primera expedición, miserable manada humana, desharrapada y mugrienta, ayer los vimos en el Frontón Municipal, habilitado para refugio provisional, en espera de que se vayan repartiendo en sus antiguos domicilios, o en casas de sus familiares. En la cancha cubierta se han instalado colchones y camas para aquellos que vienen mareados, agotados por el cansancio del viaje y, sobre todo, por las penalidades sufridas anteriormente. Muchas mujeres se habían desmayado en el barco y ahora yacen inmóviles rendidas a un sueño macizo, brutal, hecho de abandono y fatiga. En el solar que rodea la cancha descubierta, contigua al Hospital del General Mola, se extienda la larga fila de repatriados, que guardan turno para ir saliendo, después de controlados sus nombres y domicilios. Algunos de ellos ya no volverán, pero muchos regresarán más tarde, para acogerse aún a la hospitalidad que les es ofrecida. Sólo quieren gozar unos instantes de su libertad, de la verdadera libertad que perdieron al alejarse de nosotros --prisioneros de la mentira y del hambre-- y que ahora, en la España de Franco, recuperan. LAS MUCHACHAS DE AUXILIO SOCIAL Como siempre, cuando se trata de trabajar, de recorrer, de sacrificarse, de dar el ejemplo más alto de patriotismo y de entusiasmo, las camaradas del Auxilio Social están ahí. Hasta las cuadro de la madrugada del domingo, y desde la llegada del barco han trabajado sin parar, sirviendo cenas y atendiendo a los repatriados. Y a las ocho de la mañana estaban de nuevo en su puesto, preparando ya los desayunos. Han traído ropa para los niños más pequeños y preparan lotes por edades, para vestir a los demás, que vienen en número de doscientos. Y la Delegada local ya extiende por encima de toda aquella gente una mirada pensativa: --Tendremos que abrir enseguida un nuevo comedor... ¡NOS HAN ENGAÑADO! Esta es la exclamación más frecuente entre los repatriados--y corresponde a una realidad mucho más honda todavía de lo que ellos mismos creen al decírselo. --No se pueden ustedes imaginar las cosas que contaban esos malditos. Que si mataban a todo el mundo, que si martirizaban a la gente, que si prendían fuego a las casas... --A mí --interrumpe un chiquillo que estaba escuchando--me dijeron que colgaban a los niños de los árboles. --Y que en la España Nacional les marcaban a todos una cruz en la frente, con un hierro--agrega una mujer. En cinco minutos escuchamos veinte barbaridades de este estilo... Pero lo que más han explotado los propagandistas rojos ha sido el terror a los moros, nuestros valientes y leales amigos, que presentaban como una horda de salvajes sin freno. La sola idea de verlos inspiraba verdadero pánico. --¿Ahora os habréis convencido de vuestro error?--preguntamos. --¡Ya lo creo!--contesta una muchacha--. FIgúrese que en Santander nos estuvieron dando de comer cuatro moros y nosotros no sabíamos que lo eran. Cuando nos enteramos, al acabar, nos quedamos como tontos, de asombro. Ellos se rieron muchísimo... --Y de los falangistas ¿qué opináis al vernos de cerca?--interroga una camarada, sudorosa y sucia de trabajo, con los ojos de sueño por la noche pasada casi en vela--. ¿Somos tan malos como os decían los rojos? Pero una mujer la ha interrumpido vivamente: --¡Calle usted, señorita!... Ahora ya no tienen que decirnos nada. Nos han dado la prueba mejor... LOS QUE NO TIENEN CULPA En un rincón una muchachita muy joven, casi niña, descalzos los pies y con una larga melena rubia, amamanta a una criatura de poco tiempo. --¿Dónde quedó el padre? --¿El padre?... No sé Antes era obrero en una fábrica de Rentería. Pero no sé cómo se llama. Gran parte de estas muchachas que siguieron el éxodo rojo-separatista y han viviendo el ambiente bestial del instinto desencadenado, sin medida, sin conciencia y sin freno, vuelven con el peso, dulce para otras mujeres y para ellas terrible, de una maternidad realizada o en espera de realizarse. ¿Los padres?... ¡Quién sabe dónde están!... ¡quién sabe quiénes son!... Sólo vuelven ellas, las madres casi niñas, inconscientes con sus hijitos en los brazos. Pequeños seres trarados y enclenques, víctimas sin culpa... La nueva España sabrá cuidaros y haceros hombres y apartar de vosotros esa marca de dolor que habéis traído al mundo. BAUTIZOS Ocho bautizos se han celebrado ya entre esta expedición de repatriados. Fueron madrinas, la Excma. señora Marquesa de Rozalejo, esposa del gobernador civil--dama admirable, de mérito sólo comparable a su modestia, que había acudido desde primera hora para ayudar a las muchachas de Auxilio Social--la señorita Natividad Almarza, y las camaradas Maruja Benito, J[...] García Cazaña, María Rosa Cucuruy, Lola Ferrer, Georgette Eeichene y la Delegada local de Auxilio, donde prestan servicio todas ellas. Padrinos fueron los señores: Teniente coronel Garamendi--presidente de la Junta Económica en Guipúzcoa e interventor general del Ejército del Norte--; su secretario, don José Ramón de la Vega; teniente coronel Robles; Teófilo Serma, soldado del Parque de Automóviles de Atocha; Fidel Mendoza, portero de las Religiosas Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, Feliciano Larrión y Pablo Escudero, reclutas del último reemplazo. Esta sencilla relación nos dispensa de todo comentario. En nuestro Ejército, maravilla de disciplina y orden, las jerarquías saben borrarse cuando habla el corazón, y sus hombres, desde el más elevado al más humilde, fraternizan en un solo ideal de igualdad, de justicia y de amor. UN PADRINO CON VOCACION Pequeña digresión en la línea estricta del relato. Déjesenos hablar unos instantes de Pablo Escudero, uno de los padrinos de quienes acabamos de hacer mención. Diecinueve años. Natural de Burgos. Cabello rapado. Quinta del 39. Hospitalizado por una pequeña afección gripal, antes de entrar en el servicio, desde que llegaron los repatriados, se afana como un loco por ayudar. No ha parado en todo el día y ahora salta de gozo cuando aceptan su ofrecimiento de apadrinar a uno de los pequeños. --¿Te gustan los niños?--le preguntamos. --A mí, mucho... Como soy solo, con mi madre... Nunca he tenido hermanitos. Pero ya vamos todos camino de la iglesia. Las madrinas falangistas, con sus delantales azules sobre el uniforme, y un grupo de chiquillos detrás. Pablo marcha junto a su "comadre" Goergette Teichene--una de nuestras camaradas mejores--. Se le advierte nervioso, emocionado. --El niño se va a llamar Juan Pablo--nos explica repetidas veces. Pablo, por mí... En la iglesia, junto a las fuentes bautismales, el rostro del muchacho es un poema. Sonríe al pequeño, lo mira con una ternura infinita. Le llama "mi niño"... La carita del nene, nacido y criado a través de mil privaciones, está cubierta de costras; pero a Pablo le parece el más hermoso y el más listo. --Qué, ¿estás contento?--le preguntamos al salir. Y el padrino contesta, orgulloso: --Muy contento. Es mi primer ahijado... Además--añade dulcemente--estos, hay que hacer mucho por ellos, para que nunca vuelva a ocurrir lo de ahora. Después, cuando le decimos que va a venir su nombres en UNIDAD por haber apadrinado al chiquillo, su regocijo llega al colmo. Casi no nos quiere creer: --Si viene, mandaré un ejemplar a mi madre. Ya ves que era verdad. Nos honramos escribiendo tu nombre, Pablo Escudero, soldadito de Burgos. Y cuando escribas a tu madre, dile de nuestra parte que puede estar orgullosa de ti. HOMBRE PRECAVIDO Antes de salir a la calle, los repatriados pasan por un control, donde se toman sus nombres y sus señas. Luego los que tienen dinero lo declaran ante una Comisión de la Junta Económica, que dictamina. Los billetes de Banco que sacaron de aquí les son canjeados enseguida por otros de curso corriente. Otras series quedan sujetas a revisión y los de Euzkadi y Santander van a arar sin remisión posible a un cesto, rebajados a la triste condición de papeles inútiles. Esto ha proporcionado pingües ganancias a los rojos, que daban a los refugiados billetes santanderinos o bilbaínos a cambio de los que ellos llevaban, negociables --aunque fuese a muy bajo precio-- en el extranjero. Sólo aquellos que pudieron ocultar su dinero a la voracidad de los marxistas y han logrado volverlo a traer, reciben ahora su valor en moneda nuestra. Un hombre ha entregado mil y pico de pesetas en billetes, untados aún por la grasa en que los ha tenido escondidos durante todos estos meses, dentro de un bote. Sin embargo, los que ven desaparecer en el cesto fatídico aquellos papeles que hace unos días tenían aún el amable poder del dinero, no pueden ocultar a veces un gesto de tristeza. Y un repatriado, hombre sin duda, previsor, ha llegado a decir a los señores de la Junta Económica, encargados de la revisión: --Me hace el favor... ¿Podría usted dejarme esos billetes?... Si ganan los otros volverán a tener valor... LA SALIDA A la puerta del Frontón, una masa de gente espera la salida d elos repatriados. Los ojos, con frecuencia llorosos, avizoran el dintel donde aparecen las tristes siluetas, con los hatillos en la mano. Detrás de nosotros, una muchacha ahoga de repente un grito: --¡Jesús!... ¡Si es padre!... ¡Cómo viene, Dios santo, cómo viene!... Las lágrimas corren a raudales. El hombre, flaco y macilento, canoso ya, desfallece casi, entre los brazos de la hija. Pero un poco más allá una señora contempla a los que salen, con un gesto de profundo desprecio. --¡Anda!--dice. ¡Levanta ahora el puño!... Muy bien os trata, para lo que os merecéis. Detenida por los rojos estuve yo en Bilbao, y me tuvieron sin probar bocado treinta horas. ¡Demasiado buenos que somos para no hacer lo mismo! Y otra señora que había junto a ella la miró sonriente y terció: --La comprendo muy bien, señora... Ha debido usted de sufrir mucho. Yo también. Todos hemos sufrido mucho. Pero tenemos que aprender a resignarnos--y hasta a olvidar, sin que eso quiera decir que se deje de aplicar la justicia más severa y estricta a quien la merezca. Con el odio, aun con el más legítimo, no se construyo nunca nada. Y nosotros ¡Tenemos tanto que construir! Que aquellos que padecieron error vuelvan en paz a esta España nuestra. ELSA..."
Sortak: Unidad 1936-1940
 
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